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31 may 2022

Algarrobina

 


Texto: Carlos Arrizabalaga Lizárraga

Universidad de Piura, Perú

carlos.arrizabalaga@udep.edu.pe


Nada más piurano que la algarrobina y los chifles. En La casa verde de Vargas Llosa (1966), aparece hasta en seis ocasiones: “Se te trepó la algarrobina”. Tal vez el primero en mencionarla haya sido Aurelio Miró Quesada, al describir Sullana: “pulcra, animada, floreciente”, en las páginas de El Comercio un 15 de octubre de 1937. En el paisaje de médanos y lomas resaltan unos algarrobos retorcidos: “Su jugo concentrado, le explican, es lo que venden en botellas con el nombre de algarrobina; esa bebida contundente y reconfortante al mismo tiempo.”[1]  Hildebrando Castro Pozo ubicaba su venta también en Sullana y la definía así en 1940: “Concentrado hervido de jugo de algarroba”.[2] Llama la atención que Edmundo Arámbulo no la incluyera en su Diccionario de piuranismos (1995), pero a veces ocurren esos lapsus.[3] Robles (1982) la define por sus aplicaciones: “producto que se extrae del fruto del algarrobo, base para ricos aperitivos”,[4] y parece que era uno de los piuranismos que había incluido su tío José Vicente Rázuri en un temprano listado que se ha perdido.

La base de la algarrobina era una receta más antigua, que los piuranos llamaban “yupisín”: “Caldo de algarrobo que concentrado, sirve para preparar la algarrobina”, decía Martha Hildebrandt.[5] Evidentemente, la algarrobina es una creación moderna, igual que la palabra, derivada con un antiguo sufijo latino de materia (“medicina”), que ha tenido gran vitalidad en los siglos XIX y XX para significar productos relacionados: "vitamina", "proteína", y extractos diversos: “cafeína”, “cocaína”... También otros inventos: Ricardo Palma definía “margarina”, como “mantequilla falsificada”, entre otros neologismos que él veía necesarios.[6]

La primera marca comercial de auténtica “algarrobina”, registrada en 1948 por J. F. Ramírez Fonseca, fue el extracto de algarroba con vainilla “La Tacaleña”, que tres generaciones después sigue comercializando la familia Durand en Narihualá y Catacaos. En una antigua propaganda ofrecía recetas para hacer refrescos, helados y deliciosos cocteles. La receta del cóctel de algarrobina se compone de pisco, leche evaporada, jarabe de goma, algarrobina y yema de huevo. Dado que es su componente distintivo, no es extraño que esta variedad norperuana de ponche adquirió también, por metonimia, el nombre de "algarrobina".


Notas:

[1] Incluido luego en su libro Costa, sierra y montaña. Lima, Librería Editorial Antártica, 1947, p. 83.

[2] Sol, algarrobos y amor. Piura, CIPCA, p. 267.

[3] Carlos Arellano la incluye calificándola de "morena y montuvia", presumiendo así que la preparación tiene un origen rural. Ver su libro: Piuranidades. Dichos y costumbres de Piura. Piura, Sietevientos, 1996, p. 56.

[4] La lengua de los piuranos. Edición de Juan Carlos Adriazola y Carlos Arrizabalaga. Piura, Municipalidad Provincial de Piura, 2012, p. 72.

[5] "El español en Piura. Ensayo de dialectología peruana". Letras, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 43, pp. 256-272. La cita está en p. 270. No incluye Hildebrandt el neologismo, sin embargo, como lema de su listado.

[6] Papeletas lexicográficas. Dos mil setecientas voces que hacen falta en el Diccionario. Lima: Imprenta La Industria, 1903, p. 179.


Texto publicado con el permiso del autor.


9 mar 2008

Lagartijas para el Inca

Foto 1. Dicrodon guttulatum "cañán". Lugar: Universidad Nacional de Trujillo. Foto: Luis Pollack Velásquez ©



Foto 2. Dicrodon guttulatum "cañán de madriguera". Lugar: Santuario Histórico Bosque de Pómac. Foto: Luis Pollack Velásquez ©

Foto 3: Dicrodon holmbergi "cañán". Lugar: Piura. Foto: Luis Pollack Velásquez ©
Etología: Vive asociada a los bosques de Prosopis pallida "algarrobo". De hábitos herbívoros, se alimenta de primordios florales y hojas tiernas de algarrobo y de frutos de menor tamaño.



Foto 4. Microlophus peruvianus "lagartija". Foto: Luis Pollack Velásquez ©

Las fotos pertenecen al Biólogo Luis Enrique Pollack Velásquez. Universidad Nacional de Trujillo (UNT) lupo_54@yahoo.es, luispollackv@hotmail.com


Lagartijas para el Inca
Por el Dr. Carlos Arrizabalaga Lizarraga
Profesor de Lingüística de la Universidad de Piura
El Dr. Arrizabalaga es un filólogo español que radica en el Perú desde 1996. Su tesis doctoral trató sobre la sintaxis del español norperuano.

Acostumbrados como estamos a los modernos electrodomésticos y a las conservas de todo tipo, nos cuesta entender la importancia que podía tener en la antigüedad conservar los alimentos para aprovechar los excedentes en épocas o zonas afectadas por la escasez. En el mundo andino se desarrollaron variadas técnicas para la conservación de los alimentos, que permitieron un notable crecimiento de la población. Las estrategias elaboradas por los antiguos peruanos necesitaban una determinada organización social y un sometimiento a una rígida administración.

Para sus alimentos cotidianos los antiguos peruanos utilizaron básicamente cuatro formas de conservación, que se reflejan en los términos quechuas que registró González Holguín: “Pirhua. La trox de chaclla o cañas embarrada. Collcca. La troxe de adobes. Taqque. La trox de paja o cañas sin embarrar. Collona. La trox cavada del baxo de tierra y embarrada.” [1] Básicamente podía tratarse de ramadas que permitían el secado de los alimentos, con cañas y barro para mantenerlos protegidos de los elementos o enterradas bajo la arena, para mantenerlas secas en una temperatura constante. El material más común era el adobe, que proporciona también una temperatura constante, por lo que abundan los topónimos que presentan el término colca en todo el mundo andino.

En la costa era común enterrar los alimentos en la arena. Un viajero alemán da testimonio, en 1859, del casual descubrimiento realizado en Paita de cantidades de maíz “en unas zanjas en las arenosas colinas de los alrededores de la ciudad”. Los granos estaban bien conservados: “eran de una clase más pequeña de la que actualmente se cultiva” y según decía la gente, “provenían de depósitos enterrados por los Incas”. [2] En mochica se llamaba "collec" esos depósitos de arena, de donde probablemente procede el nombre de Collique, que fue una de las poblaciones que formaron el actual Chiclayo.

Uno de los testimonios que quedaron registrados en las primeras crónicas, por lo llamativo del caso se dio porque nada más llegar los españoles se asombraron al hallar en tierras tallanas grandes depósitos de lagartijas secas, almacenadas así para llevarlas al Inca de tributo al Cuzco “con todas las demás cosas que ellos tenían que tributar”, dice Pedro Pizarro. [3] El conquistador Miguel de Estete declara haber visto las lagartijas entre otras muchas cosas, al entrar los españoles al Cuzco, donde hallaron grandes depósitos que les permitieron, justamente, resistir luego felizmente el sitio del Cuzco. Esos depósitos se ubicaban en lugares privilegiados, básicamente en fortalezas y centros administrativos incas (huacas) muchas veces ubicados en cerros estratégicos. Justamente Morropón significa en lengua mochica “cerro de la iguana” y en este sentido cabría preguntarse si no habría servido el cerro de Morropón también como depósito de lagartijas, que al parecer son de rico sabor, aunque peronalmente no las he probado. ¡Todavía se puede degustar, en la costa norte, un buen cebiche de lagartijas!

También se podía conservar los alimentos, secándolos simplemente al sol, como se hacía y se sigue haciendo en el bajo Piura. Esta técnica de conservación permitía, al parecer, digerir perfectamente los alimentos sin necesidad de cocinarlos. Al menos, el también conquistador Juan Ruiz de Arce declara en 1543 que “la carne que comen [los tallanes] ni la cuecen y el pescado hácenlo pedazos y lo secan al sol y asimismo la carne”. [4]

Los depósitos o colcas (término que se mantiene en uso) demuestran que los incas practicaban en estas regiones distantes un dominio no tan permanente, sino de recaudación y castigo. Los depósitos permitían a los Incas desplazar grandes ejércitos rotatoriamente a lo largo de todo su imperio, trasladándose constantemente de un lugar a otro para mantener sometidos a las diversas naciones que a su vez, gracias a los depósitos, facilitaban el traslado de los mismos ejércitos que los sometían. Según la opinión general de los investigadores, los incas ponían en práctica la “redistribución” de los excedentes, que permitía distribuir alimentos de distintos pisos ecológicos trasladando a la población necesaria para su cosecha y conservación. [5] Asimismo existían rutas comerciales muy fluidas tanto por tierra como por mar en todo el antiguo Perú, que hicieron particularmente floreciente al reino de Chincha.

Igualmente, sin la existencia de estos depósitos posiblemente los españoles no hubieran podido conquistar el Imperio Inca sino tras largas penurias, puesto que llegaban y tomaban todo lo que iba para el Cuzco para disgusto de los incas y estupor de las naciones que éstos mantenían bajo su dominio, que sufrían duras penas de castigo en caso de que tomaran alguno de esos bienes, entre los que se encontraban las mujeres escogidas, recluidas desde muy niñas en recintos perfectamente aislados para el servicio exclusivo y la progenie de los incas. Con mucho menor miramiento tomaban los depósitos de maíz que encontraron por doquier.

Garcilaso cuenta cómo siendo niño en el Cuzco el y su madre sobrevivieron al desamparo y el hambre en los difíciles momentos del sito de Manco Inca, o posteriormente durante las guerras civiles, gracias a sus parientes indios que les traían en la noche codiciadas cargas de maíz. Y por falta de trigo nada más que unos puñados de maíz es lo que pudieron ofrecer al obispo del Cuzco y a sus acompañantes, quienes se los comieron, dice Garcilaso “como si fueran almendras confitadas”. [6]

Los antiguos peruanos supieron precaverse de la necesidad almacenando todo tipo de “mantenimientos”, porque reconocieon perfectamente las cambiantes e implacables condiciones de la geografía andina. Ojalá sepamos nosotros también hoy “guardar para mañana” y sacar el mejor provecho de estos años de relativa prosperidad en que vivimos sin perder de vista las crisis y desastres que puedan sobrevenirnos al momento menos pensado.

REFERENCIAS:
[1] Diego González Holguín, Vocabulario de la lengua general de todo el Perú llamada lengua qquichua o del Inca (1608). Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1952, pág. 287.

[2] Karl Scherzer, “Visita al Perú en 1859”, en Estuardo Núñez (ed.), Viajeros alemanes al Perú, Lima, UNMSM, 1969, págs. 61-130. Cita en pág. 127.

[3] Pedro Pizarro, Relación del Perú, Edición de Guillermo Lohmann Villena, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, [1571] 1986, pág. 29. Anota también el cronista que hay trescientas leguas “desde Tangaralá al Cuzco”, como queriendo explicar así la necesidad de conservar la carne secándola al sol.

[4] En Biblioteca Peruana. Primera Serie. Lima, 1968, pág. 79. Juan José Vega imagina que los tallanes comían lagartijas secas con sal y ají (en Pizarro en Piura. Municipalidad Provincial de Piura, 1993, pág. 299).

[5] Refiriéndose a los collas, el Inca Garcilaso explica cómo los incas distribuían a la población en distintos estratos altitudinales (“poblaron muchos valles de aquellos incultos”) y dispusieron la redistribución de los alimentos (“y les mandaron por ley que se socorriesen como parientes, trocando los bastimentos que sobraban a los unos y faltaban a los otros”). Claro que esta principio organizativo era anterior a los incas y éstos intervinieron más bien, como dice Garcilaso a continuación, reservándose la mayor parte “por su provecho, por tener renta de maíz para sus ejércitos, porque, como ya se ha dicho, eran suyas las dos tercias partes de las tierras que sembraban; esto es, la una tercia parte del Sol y la otra del Inca.” Ver Comentarios Reales de los Incas. (libro VII, cap. 1) Edición de Aurelio Miró Quesada, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1976, vol. II, pág. 85).

[6] En Historia General del Perú, libro IV, cap. 10, pág. 87, y en Comentarios Reales..., libro IX, cap. 24, pág. 255. Ver Aurelio Miró Quesada, El Inca Garcilaso, Lima, PUCP, 1994, págs. 33 y 58.

22 ene 2008

¡Qué lechero!

Por: Dr. Carlos Arrizabalaga Lizarraga
Profesor de Lingüística de la Universidad de Piura
Piura, 14 de enero de 2008
carlos.arrizabalaga@udep.pe  

El Dr. Arrizabalaga es un filólogo español que radica en el Perú desde 1996. Su tesis doctoral trató sobre la sintaxis del español norperuano.

¡Qué lechero!
Alonso Carrió de la Vandera narra el pleito que establece un arrogante y fornido vaquero con un jesuita, quien con una tropilla de tucumanes había espantado el ganado de aquél de sus pastos. El corpulento Cosío amenaza con un trabuco “naranjero” para que se detenga “si no quiere ser el cuarto que eche a la eternidad”. El sacerdote perplejo sólo atina a preguntar si los tres habían sido también sacerdotes a lo que el arrogante Cosío le dijo que “todos habían sido lecheros, pero que no haría escrúpulo en matar a cualquiera que le quisiese insultar o atropellar” [1].

Aquellos pobres y desafortunados lecheros no pueden explicar realmente el motivo por el que en el Perú se ha venido a calificar familiarmente o coloquialmente como “lechero” a la persona que tiene suerte en el juego o en el amor, al afortunado en suma, tal como lo recogen Rubén Vargas Ugarte [2], Juan Álvarez Vita [3] y Miguel Ángel Ugarte Chamorro [4]. El término lo recoge la Real Academia en su Diccionario recién en la edición de 2001, pero no lo consigna con la marca geográfica de Perú, como sí lo había hecho Marcos Augusto Morínigo en 1966 [5].

El calificativo es usual en el Perú y se difunde ahora en el habla infantil y juvenil, pese a su origen grosero. Lo utiliza ahora Alan García, en su novela El mundo de Maquiavelo, cuando uno de los personajes se asombra de las cartas que le han tocado a su contrincante, a lo que éste responde: “Suerte en el juego, suerte en el amor” [6].

Cuando se logró capturar al jefe terrorista conocido como “camarada Feliciano”, en julio de 1999, los periodistas se referían al entonces presidente Fujimori con la ya proverbial frase "qué lechero es el Chino" [7]. En el habla coloquial peruana es ya un uso general si bien se reserva al uso coloquial, aunque no tenga carga despectiva. Según Morínigo, es término conocido en Bolivia, Costa Rica, Cuba, Chile, México, Panamá, República Dominicana y Perú. En Cuba y Puerto Rico Morínigo consigna la acepción de ‘oportunista, logrero’. Ángel Rosenblat registraba en Venezuela el significado despectivo de ‘pichirre’ o ‘avaro’, aunque para el afortunado se tenía el derivado “lechoso”, además de “sortario” [8].

Tanto en Venezuela como en otros países son variadas las expresiones con las que se expresa la buena suerte, la buena estrella o la ventura. Según Rosenblat, la frase “¡Qué leche!” era algo grosera, y también era vulgar la frase “¡Qué lechazo!” que sirve para aludir a un golpe de suerte. Las expresiones vulgares correspondientes en España son: “¡Qué folla!” (muy malsonante) o “¡Qué potra!" (más propio del habla infantil). Pero al que tiene suerte se le dice, simplemente, aquí y en todas partes, “suertudo”, como se ve en el relato "La vuelta del profesor famoso" de Carlos Eduardo Zavaleta [9]. Por supuesto, el término estándar es “afortunado”, mientras que “agraciado” tiene un uso restringido al habla formal y suele aplicarse al que obtiene un premio en algún sorteo. Al desafortunado se le dice, en la mayor parte del mundo hispánico, “salado”, aunque en España también se le dice así al chistoso.

El DRAE recoge también la acepción de ‘cicatero’ o ‘tacaño’ para nuestro “lechero”, que fue consignada por Augusto Malaret, en 1917 (junto con el significado de ‘persona que procura siempre sacar ventaja sin peligro alguno’, como propias de Puerto Rico y Venezuela [10].

Aunque no lo recogen los diccionarios me dicen que “lecheras” son también, en el habla infantil peruana, las bolinchas (o bolinches –en España canicas–, que en Piura se conocían como checos) de color blanco, a las que se les concede un mayor valor.

Parece ser una creación reciente, como las expresiones españolas: “mala leche” y “ser la leche”, que se han incorporado al Diccionario académico recién en sus ediciones de 1984 y 2001 respectivamente. En la última también se recoge “la leche” como frase elativa equivalente a ‘mucho’, que son poco conocidas en el español americano. En la Lima del siglo XIX existía el “suertero”, que era ‘el que pregona y vende por las calles números de la suerte, según recoge Juan de Arona [11]. En nuestros días han venido en llamarse “tinqueros” los que juegan mucho (no siempre con fortuna) a la Tinka, que es el juego de azar nacional, mientras que quienes venden en nuestras calles y centros comerciales los boletos de la Tinka no tienen una denominación particular.

Aunque se originó en el habla vulgar, se emplea ya en el uso común del español peruano [12].

Falta averiguar el motivo que habría originado la expresión. En el habla vulgar de México, la expresión “hijo del lechero” es una locución nominal que vale despectivamente como hijo ilegítimo o hijo natural [13]. En Honduras se aplica humorísticamente al niño que no se parece mucho a su verdadero progenitor. Si es que tuviera este origen, la razón de que el lechero sea considerado un tipo afortunado (cuando más bien debería ser juzgado de otra manera muy distinta) devela con nitidez el fuerte machismo de nuestras sociedades. Prefiero creer que el habla infantil la formó jugando a los bolinches.

REFERENCIAS
[1] Alonso Carrió de la Vandera, Concolorcorvo. El lazarillo de ciegos caminantes, Ed. Emilio Carilla, Barcelona, Labor, 1973, pág. 238.
[2] Glosario de Peruanismos, Lima, 1953, pág. 39.
[3] Diccionario de Peruanismos, Lima, Studium, 1990, pág. 314.
[4] Vocabulario de Peruanismos, Lima, UNMSM, 1997, pág. 178.
[5] Diccionario de americanismos, Buenos Aires, Muchnik, 1966, pág. 356.
[6] Bogotá, Editorial Tercer Mundo, 1994, pág. 157. Tomado de REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [14/01/08]
[7] Isaías Rojas Pérez, “¡Cayó Feliciano!”, en Ideele, n. 120. Lima, julio de 1999, págs. 4-5. Ver: http://www.idl.org.pe/idlrev/revistas/120/pag04.htm
[8] Ángel Rosenblat, Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, Caracas, Mediterráneo, 1969, vol. I, pág. 156.
[9] El personaje se disculpa al rechazar una invitación de un amigo: "Es cumpleaños de mi mujer y tendremos a sus familiares a cenar." Y explica a continuación: "He insistido en el vocablo español, para que el otro ex-becario en Madrid como yo, entienda la hora del compromiso y hasta su prolongación". Finalmente el amigo devuelve el gesto diciendo: "Muy bien, suertudo." En Abismos sin jardines, Lima, Petroperú, 1000, págs. 89-98.
[10] Vocabulario de Puerto Rico. Edición de Humberto López Morales, Madrid, Arco-Libros, 1999, pág. 231.
[11] Diccionario de Peruanismos. Edición de Estuardo Núñez, Lima, Peisa, 1974, vol. II, pág. 362.
[12] En un relato delincuencial de Dante Castro (Callao, 1959) titulado "La ley de la ventaja", el protagonista (que acaba de asesinar a un individuo) piensa para sí que el taxista que lo ha llevado por menos de lo que pedía por la carrera en que se escapa del lugar del crimen es "lechero" porque pudo haberlo matado también. Ver el cuento en la antología Calixto Garmendia y otros cuentos, Ediciones Cultura Peruana, Lima, 2001, págs. 149-157.
[13] Aunque el Diccionario básico del español de México (El Colegio de México, 1986), dirigido por Luis Fernando Lara, solo recoge “hijo de leche” con la acepción de ‘criado por una nodriza’ (pág. 263).

30 oct 2007

Etimología del chifle


Chifle. Foto: Luis Sánchez Gavidia.


Por: Dr. Carlos Arrizabalaga Lizarraga
Profesor de Lingüística de la Universidad de Piura
Piura, octubre de 2007

El Dr. Arrizabalaga es un filólogo español que radica en el Perú desde 1996. Su tesis doctoral trató sobre la sintaxis del español norperuano.

Etimología del chifle
Martha Hildebrandt consignaba el término chifle entre los de origen incierto en su tesis doctoral (1949), opinión que el erudito piurano Carlos Robles Rázuri sigue a pie juntillas. El padre Esteban Puig en un primer momento creyó que se trataba de un indigenismo tallán pero luego desistió de esta idea sin atribuirle un origen seguro. El profesor Coello cree que se trata de un arabismo (de šifra, ‘cuchilla’). Pero su etimología va por otros derroteros menos complicados.

Ya no es de esas palabras “que suenan extrañas a oídos de un limeño”, como decía Hildebrandt, dado que la progresiva industrialización y comercialización del producto (soy de los convencidos de que tiene mucho futuro), ha hecho reconocidísima a la deliciosa receta. También en Ecuador hacen chifles, muestra de la fluida comunicación que existió siempre entre el norte peruano y el sur del vecino país. La receta muestra ligeras variaciones (se cortan en rodajas redondas o alargadas, más gruesas o más finas, con carne seca de distinta índole, picantes o dulces...).

Pensar que chifle es término tallán era muy aventurado, más cuando el plátano con que está hecho provino de lejanas colonias portuguesas en África y el sudeste asiático (afronegrismos son, por ello, guineo y banano). Chifle es palabra castellana antigua que proviene de chiflar como chiflado, chiflón (peruanismo ya mencionado por Benvenutto Murrieta en 1936) y mercachifle, aunque sus significados ahora sean tan dispares que resulte opaco su origen común. A su vez, chiflar y silbar provienen del latín sifilare y sibilare. Las dos soluciones han mantenido su respectivo nivel de uso, más popular en chiflar que en silbar, más culto.

Como chiflar sirve a menudo para hacer burla de alguien, chiflado pronto se sustantiva para designar a la persona de la que todos hacen burla, hasta que su extraño comportamiento termina denominándose chifladura.

Así también, como el viento suena en nuestros oídos como si estuviera chiflando, no hay obstáculo para que un golpe de viento sea llamado chiflón. Es americanismo, lo que comprueba la mayor difusión del término popular a este lado del idioma. Aparece, en referencia a unas danzas vinculadas con personajes míticos prehispánicos en las tradiciones de Huarochirí, en un documento fechado en 1656 del Archivo Arzobispal, mencionado por Manuel Burga:

...vaylando el vayle guacon y chiflando como luchas, dando palmadas en la boca.[1]

En fin, igual que de silbar se creó el silbato, de chiflar se creó chifla o chifle. El término, que hoy se emplea de modo restringido para nombrar el silbato o reclamo utilizado para cazar aves, tuvo gran vitalidad en otro tiempo, pues dio lugar al compuesto mercachifle: persona que vende mercancías con ayuda de un chifle o silbato. Juan de Arona dice: Chifla, chifladera, chiflato, chifle, chiflo, chiflete, y finalmente el aumentativo chiflón, designan todos un silbato o pito, o instrumento para silbar”. A inicios del siglo XVII lo utiliza el jesuita González Holguín en su diccionario, como sinónimo de silbato para explicar el significado del quchua cuyuyna, aunque en la entrada cuyuyni habla solamente de 'silvar (sic) con la boca'. [2]

Por ello disentimos de la opinión de Óscar Coello, porque la chifla o cuchilla con que trabajan los talaberteros no tiene semejanza con la tablita con que cortan las tajadas de plátano que se convierten en chifles.[3] El chifle, en realidad, era el cuerno de res utilizado como instrumento para silbar.

En el entremés que compuso Peralta Barnuevo para la comedia La Rodoguna, aparece un mercachifle que se lamenta de haber dado a una dura Panchita “por tus caricias falsas / mis puntas finas” para concluir aludiendo a un asunto de infidelidad:

¡Qué mala tierra donde
nunca se eximen
de estas Circes tacañas
chifles Ulises![4]

Dentro del código satírico burlesco de la época, se refiera a la tal Panchita (dura no tanto por diferir el encuentro amoroso, sino por exigir un pago por sus servicios, así que la tilda de tacaña) llamándola Circe, en alusión al personaje homérico, porque Panchita no quiso soltar al mercachifle hasta dejar vacío su atadillo (el marido se asemeja entonces, también en código burlesco, al héroe griego, atrapado en una isla por efecto de un sortilegio”). El término chifles es juego de palabras con mercachifle y alude a los cuernos que pone Panchita a su esposo (el cual “¡era buen hombre!”) al encontrarse con el mercachifle (encuentro amoroso que parece ser un lugar común del género). Ella responde luego: “Cierra los labios, que por tus atadillos / tienes mis brazos” y lo despide llamándolo ya no "mercachifle" sino ahora “mercader de amor”.

Porque los chifles se hacían con cuernos, en Guatemala chifle significa todavía tal apéndice bovino. Y como en ellos se guardaba agua o aguardiente (también pólvora), todavía hoy en Argentina chifle significa ‘cantimplora’. En el habla gauchesca, por influencia del portugués, se dice chifre, según registra Marcos Augusto Morínigo:

A la botella de cuerno en que llevaban agua o la "ginebra" para las 'travesías' la llamaron chifre los primeros gauchos, por su semajanza con el silbato del cómitre en las galeras.[5]

La presencia de ese significado en la provincia de Tucumán la testimonia Carrió de la Vandera a mediados del siglo XVIII:

“En tiempo de guerra [los soldados] tenían continuamente colgando al arzón de la silla un costadillo de maíz tostado, con sus chifles de agua, que así llaman a los grandes cuernos de buey en que la cargan y que es mueble muy usado en toda esta provincia”.[6]

Los chifles o chifres ‘cuernos’, pasaron a designar a las ‘rodajas de plátano frito’ por metáfora, ya que los retorcidos chifles asemejan la forma de unos cuernecillos. De la misma manera el eufemismo cachos con que se designan ahora los cuernos de los animales (originalmente el término significaba ‘pedazo pequeño de alguna cosa’, del latín capulus, ‘puño’, y de donde deriva también cachete), sirve ahora para llamar, en la forma del diminutivo cachitos a unos panecillos en forma de media luna similares a cuernecillos. Es decir, se repite la misma metáfora que dio origen al piuranismo chifle, aunque ésta última no es opaca en absoluto. En cambio, en el oriente peruano, el origen de chifle se hace opaco al designar ‘carne seca machacada, con tajadas pequeñas de plátano verde, fritas en manteca”.[7] Aunque probablemente el producto tiene el mismo origen, la carne seca ha dejado allá de ser un acompañamiento de las rodajas de plátano para converstirse en el protagonista de la preparación culinaria. Ha sufrido un cambio semasiológico.

Referencias:
[1] Documento del Archivo Arzobispal de Lima (HI), leg. 3, exp. 12, fol. 222v, recogido por Manuel Burga en Nacimiento de una utopía. Muerte y resurrección de los incas, Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1988, pág. 191.

[2] Diego González Holguín, Vocabulario de la lengua general de todo el Perú llamada lengua qquichua o del Inca (1608). Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1989, pág. 59.

[3] Ver Óscar Coello, “Algunos arabismos y otras zarandajas del español en Piura”, en Marco Martos, Aida Mendoza e Ismael Pinto (eds.), Actas del Congreso Internacional de Lexicología y Lexicografía “Miguel Ángel Ugarte Chamorro”, Lima, Academia Peruana de la Lengua, Universidad San Martín de Porres y Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007, págs. 215-229.

[4] Pedro Peralta Barnuevo, Entremés para la comedia La Rodoguna, en R. Silva Santisteban (ed.), Antología General del Teatro Peruano. III Teatro Colonial. Siglo XVIII, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004, págs. 29-38. Cita en pág. 30.

[5] Marcos Augusto Morínigo, "La formación léxica regional hispanoamericana", en Nueva Revista de Filología Hispánica, 7, 1953, págs. 234-241. La cita está en pág. 241.

[6] Alonso Carrió de la Vandera, Lazarillo de ciegos caminantes o Concolorcorvo. Edición de Emilio Carilla, Barcelona, Labor, 1973, pág. 176)

[7] Enrique Tovar, Vocabulario del Oriente Peruano. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1966, pág. 79.

Algarrobina

  Texto: Carlos Arrizabalaga Lizárraga Universidad de Piura, Perú carlos.arrizabalaga@udep.edu.pe Nada más piurano que la algarrobina y los ...